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La ciudad de Las Palmas contó por vez primera con una plaza de abastos en condiciones en el avanzado año de 1787. Con un mercado que pretendía, ante todo, restringir la venta ambulante y dar forma, a la vez, a un modo de vivir más civilizado tal y como históricamente se hacía en la España peninsular. Para ello, el corregidor José Eguiluz tuvo la iniciativa de aglutinar en un rincón de la población a buena parte de los mercaderes, sobre un mismo punto de venta, en la margen izquierda de la desembocadura del barranco de Guiniguada.

Esta medida sería, andando el tiempo, el germen de un proyecto más ambicioso que vendría en forma de edificación en pleno siglo XIX. La ciudad, por entonces, compuesta en esencia por los barrios de Triana y Vegueta, se acostumbró a tener cerca este punto de venta y parecía idóneo que fuese allí, precisamente, el lugar en el que se levantaría la gran plaza de abastos que la urbe se merecía.